Martin Eden
Martin Eden En seguida lamentó haber aceptado con tanta rapidez. En casa le esperaban varias horas de trabajo antes de acostarse, y, una vez en la cama, un volumen de Weismann y la autobiografía de Herbert Spencer, tan maravillosa para él como la novela más emocionante. ¿Por qué perder el tiempo con aquel hombre que no le gustaba?, pensó. El problema, sin embargo, más que el hombre o la bebida, era lo que se asociaba con ésta… las luces cegadoras, los espejos y las deslumbrantes hileras de vasos, los rostros afables y encendidos y el rumor de las voces de la gente. Eso era, eran las voces de los hombres… hombres optimistas, hombres que saboreaban el éxito y tenían dinero para gastárselo en bebida. Se sentía solo, era eso lo que le ocurría; por eso se había arrojado sobre la invitación como un bonito sobre un trapo blanco en un anzuelo. Martin no había vuelto a beber en un bar desde la última vez que había estado con Joe, en Shelly Hot Springs, si exceptuamos el vino que había tomado con el tendero portugués. El agotamiento intelectual no despertaba la misma avidez de alcohol que el agotamiento físico, y no lo había echado en falta. Pero en aquellos momentos sí deseaba beber o, mejor dicho, respirar esa clase de ambiente. Un lugar así era La Gruta, donde Brissenden y él se sentaron en dos espaciosas sillas de cuero y bebieron whisky con soda.