Martin Eden

Martin Eden

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Y hablaron. Hablaron de muchas cosas, y Brissenden y Martin se alternaban para pedir más whisky con soda. Martin, que podía beber mucho alcohol sin emborracharse, estaba asombrado del aguante de su compañero, y poco a poco empezó a maravillarle también su conversación. No tardó en comprender que Brissenden sabía de todo, y decidió que era el segundo intelectual que conocía. Pero observó que Brissenden tenía lo que le faltaba al profesor Caldwell; a saber: el fuego, la llama interior y la percepción, el fulgor incontenible del genio. Fluía de él un lenguaje vivo. Sus labios afilados, al igual que en un troquel, estampaban frases que cortaban y herían; y en ocasiones, como si acariciaran el sonido que empezaban a articular, daban forma a cosas suaves y aterciopeladas, a dulces frases de resplandor y de gloria, de belleza evocadora, que reflejaban el misterio inescrutable de la vida; a veces también se asemejaban a un clarín, del que surgía todo el estrépito y el tumulto de la batalla cósmica, en frases que sonaban con la nitidez de la plata, tan luminosas como espacios estrellados, y que representaban la última palabra de la ciencia y algo más… la palabra del poeta, la verdad trascendental, imposible de aprehender o comunicar, y que, sin embargo, encontraba el modo de expresarse en las connotaciones sutiles de las palabras corrientes. Él, gracias a su maravillosa capacidad de visión, veía más allá de los límites del empirismo, donde no existía un lenguaje para la narración, aunque, por algún dorado milagro del habla, confiriendo a las palabras conocidas significados desconocidos, transmitía a la conciencia de Martin unos mensajes imposibles de comunicar a las almas vulgares.


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