Martin Eden
Martin Eden —¡Son verdaderos demonios y arpÃas! —exclamó Brissenden, rechinándole los dientes—. SÃ, conozco a los de su ralea… picoteando su carta en defensa del padre Damián[25], analizando, sopesando…
—Midiéndole con el mismo patrón que sus miserables egos —le interrumpió Martin.
—SÃ, eso es, buena frase… hablando con afectación y cubriendo de fango la Verdad, la Belleza y la Bondad… y dándole al final una palmada en la espalda y diciéndole: «¡Buen perro, Fido!». ¡Bah! Parecen cotorras, como dijo Richard Realf[26] la noche de su muerte.
—Picoteando el polvo de las estrellas —siguió diciendo Martin con entusiasmo—, y el vuelo meteórico de los grandes hombres. Una vez escribà una sátira sobre ellos… los crÃticos, sobre todo literarios.
—Déjeme verla —le pidió encarecidamente Brissenden.
Asà que Martin sacó una copia hecha con papel carbón de «Polvo de estrellas» y, mientras la leÃa, Brissenden se rió, se frotó las manos y olvidó su ponche.
—Tengo la impresión de que es usted un poco de ese polvo de estrellas, arrojado a este mundo de gnomos encapuchados que no pueden ver —dijo al terminarlo—. Como es natural, lo aceptó la primera revista, ¿no?