Martin Eden
Martin Eden —¡Malditas sean las editoriales! —fue la respuesta de Brissenden cuando Martin se ofreció a negociar en su nombre—. Ame la belleza por sà misma, y deje en paz las revistas. Vuelva a sus barcos y a su mar… ése es mi consejo, Martin Eden. ¿Qué busca en las ciudades putrefactas y enfermas de los hombres? Se está perjudicando a sà mismo cada dÃa que pasa en ellas intentando prostituir la belleza en aras de las necesidades de las revistas. ¿Cómo era su cita del otro dÃa? Oh, sÃ, «El hombre, la última de las cosas efÃmeras». Y ¿para qué quiere usted, la última de las cosas efÃmeras, la fama? Si la alcanzase, le envenenarÃa. Es usted demasiado sencillo, demasiado elemental, y también demasiado racional para prosperar en esa bazofia. Espero que nunca consiga vender una lÃnea a las revistas. Sólo debemos doblegarnos ante la belleza. ¡SÃrvala a ella, y al diablo con la multitud! ¡El éxito! ¿Qué demonios es el éxito sino lo que hay en su soneto sobre Stevenson, superior a la Aparición de Henley, o en su Ciclo del amor y en sus Poemas del mar?