Martin Eden
Martin Eden La puerta se abrió de golpe, y un hombre de expresión airada pasó junto a Martin y recorrió el pasillo cerrando los puños y murmurando maldiciones. Martin prefirió no entrar inmediatamente, y esperó en el vestíbulo un cuarto de hora. Entonces empujó la puerta y entró. Aquélla era una nueva experiencia para él, la primera vez que estaba en la redacción de una revista. Era evidente que no eran necesarias las tarjetas de visita, pues el botones fue a avisar que un hombre deseaba ver al señor Ford. A su regreso, el muchacho le hizo una seña desde el centro de la habitación y le condujo hasta un despacho privado, el sanctasanctórum del director. La primera impresión de Martin fue que allí reinaba el desorden y la confusión. Luego descubrió a un hombre bigotudo y de aspecto juvenil, sentado en un escritorio de tapa corrediza, que le miraba con curiosidad. A Martin le maravilló la calma que se leía su rostro. Era obvio que su pelea con el impresor no había afectado a su ecuanimidad.
—Soy… soy Martin Eden —empezó a decir («Y quiero mis cinco dólares», le habría gustado añadir).
Pero era su primer editor y, dadas las circunstancias, no deseaba ser demasiado brusco. Ante su sorpresa, el señor Ford pegó un salto y dijo:
—¡No es posible!