Martin Eden
Martin Eden Se volvieron más locuaces que nunca. El señor Ford empezó a contarle de nuevo cómo había leído por primera vez «El tañido de las campanas», mientras el señor Ends trataba por todos los medios de repetirle cuánto apreciaba ese relato su sobrina, una profesora de Alameda.
—Les diré para qué he venido —dijo finalmente Martin—. Para que me paguen esa historia que tanto les gusta. Cinco dólares, creo, es lo que prometieron pagarme por su publicación.
El señor Ford, con un gesto de asentimiento en su expresivo rostro, se llevó la mano al bolsillo, y luego se volvió bruscamente hacia el señor Ends diciendo que se había olvidado la cartera en casa. Fue ostensible que esto no le hacía ninguna gracia al señor Ends; y Martin vio el movimiento nervioso de su mano, como si quisiera proteger el bolsillo de su pantalón. Martin comprendió que el dinero estaba allí.
—Lo siento —exclamó el señor Ends—, pero he pagado al impresor hace menos de una hora, y me ha dejado sin cambio. Ha sido un descuido por mi parte no traer más dinero; pero ¿cómo iba a adivinar que el impresor me pediría un adelanto?