Martin Eden
Martin Eden —¿Le he contado cómo leà su relato por primera vez? —exclamó el señor Ford—. No, claro que no. VenÃa de Nueva York y, cuando el tren se detuvo en Ogden, subió el chico de los periódicos con el último número de la Transcontinental.
«¡Dios mÃo! —pensó Martin—. Viajas en un vagón de primera clase mientras yo paso hambre por los cinco miserables dólares que me debes».
Le invadió una oleada de indignación. El daño que le habÃa infligido la Transcontinental se alzó gigantesco ante él, pues revivió los sombrÃos meses de vanas expectativas, de hambre y de privaciones; y el hambre le asedió, y empezó a corroer sus entrañas, recordándole que no habÃa comido nada desde el dÃa anterior, en que apenas habÃa probado bocado. Por unos instantes lo vio todo rojo. Aquellos individuos no eran siquiera ladrones. Eran vulgares rateros. Se habÃan hecho con su relato a base de mentiras y falsas promesas. Pues bien, él les enseñarÃa. Y tomó la firme decisión de que no salir de allà sin el dinero. Recordó que no podÃa regresar a Oakland sin él. Se dominó con esfuerzo, pero no antes de que la expresión feroz de su rostro les intimidara.