Martin Eden
Martin Eden Martin se encontró estrechando la mano de un hombre calvo de mirada chispeante, cuyo rostro parecÃa bastante joven, o lo poco que se adivinaba de él, pues tenÃa una espesa barba blanca como la nieve, muy bien cuidada… por su mujer, que se la recortaba todos los domingos, además de afeitarle el cogote.
Los tres hombres rodearon a Martin hablando con entusiasmo y a la vez, hasta que éste tuvo la impresión de que lo hacÃan para ganar tiempo.
—Nos hemos preguntado a menudo por qué no pasarÃa por aquà —dijo el señor White.
—No tenÃa dinero para el billete, y vivo al otro lado de la bahÃa —respondió Martin sin rodeos, a fin de manifestarles su necesidad imperiosa de cobrar.
«Estoy seguro —pensó— de que mi lujosa vestimenta habla por sà sola».
Cada vez que se presentaba una ocasión, repetÃa el objetivo de su visita. Pero los oÃdos de sus admiradores eran sordos. Cantaban sus alabanzas, le explicaban lo que habÃan pensado de su relato a primera vista, lo que habÃan pensado posteriormente, lo que habÃan pensado sus mujeres y sus familias; pero nadie parecÃa tener la menor intención de pagarle.