Martin Eden
Martin Eden —Qué circunstancias tan penosas… si hubiera venido otro dÃa —empezó a decir amablemente el señor Ford, pero le interrumpió el señor Ends, cuya mirada irritable ponÃa de manifiesto la brusquedad de su carácter.
—El señor Ford ya le ha explicado la situación —señaló con aspereza—. Y yo también. Le enviaremos el cheque por correo…
—Y yo les he explicado —añadió Martin impasible— que necesito el dinero hoy mismo.
Sintió cómo se le aceleraba un poco el pulso ante la brusquedad del director comercial, y le vigiló atentamente, pues intuÃa que era en el bolsillo de ese caballero donde se guardaba el dinero en efectivo de la Trancontinental.
—Es muy desagradable… —empezó a decir el señor Ford.
Pero en ese momento, con un movimiento de impaciencia, el señor Ends se dio media vuelta como si pensara salir de la habitación. Martin saltó de inmediato hacia él y le agarró el cuello con una mano de tal manera que la barba blanca del señor Ends, sin perder su aspecto inmaculado, se quedó apuntando hacia el techo en un ángulo de cuarenta y cinco grados. El señor White y el señor Ford contemplaron horrorizados cómo sacudÃan a su director comercial como si fuera una piel de astracán.