Martin Eden

Martin Eden

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Martin pensaba contestar, pero se dio cuenta de lo inútil que era. Apartó la mirada de aquel monstruo de mezquindad y se fijó en una imagen que colgaba en la pared. Se quedó sorprendido. Siempre le había gustado, pero ahora tenía la impresión de que era la primera vez que la veía. Lo que pasaba es que era un cuadro barato, como todo lo que había en el hogar de su hermana. Y recordó la casa que acababa de abandonar; y vio en primer lugar los cuadros, y después a Ruth, mirándole con dulzura mientras estrechaba su mano al despedirse. Olvidó dónde se encontraba y la existencia de Bernard Higginbotham, hasta que ese caballero le preguntó:

—¿Has visto un fantasma?

Martin volvió a la realidad y miró los ojos pequeños y brillantes, desdeñosos, malhumorados y cobardes de su cuñado, y entonces vio aparecer ante él, como en una pantalla, los ojos serviles, empalagosos y aduladores del mismo personaje cuando atendía a los clientes en el almacén.

—Sí —respondió Martin—. He visto un fantasma. Buenas noches. Buenas noches, Gertrude.

Cuando se disponía a salir de la habitación, tropezó con un descosido de la mugrienta alfombra.

—Nada de portazos —le advirtió el señor Higginbotham.

Sintió cómo le hervía la sangre en las venas, pero se dominó y cerró suavemente la puerta.


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