Martin Eden
Martin Eden El señor Higginbotham miró a su mujer, exultante.
—Ha estado bebiendo —exclamó con voz ronca—. Te dije que lo harÃa.
Ella asintió con resignación.
—TenÃa los ojos bastante brillantes —reconoció—, y se habÃa quitado el cuello de la camisa que llevaba al salir. Pero quizá sólo haya tomado un par de copas.
—Ni siquiera podÃa tenerse en pie —afirmó su marido—. Le he observado. Iba dando tumbos. Tú misma lo has oÃdo, ha estado a punto de caerse en el vestÃbulo.
—Creo que ha tropezado con el carrito de Alice —dijo ella—. No podÃa verlo en la oscuridad.
El señor Higginbotham empezó a hablar en tono airado. Trataba de pasar inadvertido todo el dÃa, detrás del mostrador, y reservaba para las noches, cuando estaba con su familia, el privilegio de ser él mismo.
—Te digo que ese querido hermano tuyo estaba borracho.
Su voz era tajante, frÃa y seca, y sus labios articulaban cada palabra como el troquel de una máquina. Su mujer suspiró y se quedó callada. Era una mujer corpulenta, mal vestida y siempre agotada de cargar con su cuerpo, con su trabajo, con su marido.