Martin Eden

Martin Eden

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—Lo ha heredado de su padre, te lo digo yo —prosiguió el señor Higginbotham, en tono acusador—. Y acabará en el arroyo, igual que él. Lo sabes perfectamente.

Ella asintió con la cabeza, suspiró y siguió cosiendo. Parecieron estar de acuerdo en que Martin había vuelto borracho. No sabían lo que era la belleza; de lo contrario, habrían comprendido que aquellos ojos brillantes y aquel rostro encendido reflejaban la primera visión juvenil del amor.

—¡Menudo ejemplo para los niños! —gruñó de pronto el señor Higginbotham, molesto por el silencio de su mujer. A veces casi deseaba que le llevase la contraria—. Como vuelva a ocurrir, tendrá que marcharse. ¿Entendido? No toleraré que pervierta a unos niños inocentes con sus borracheras —al señor Higginbotham le gustaba ese verbo, nuevo en su vocabulario, recién sacado de una columna del periódico—. Porque lo que hace es pervertirlos… no se puede decir de otra manera.

Su mujer suspiró de nuevo, movió tristemente la cabeza y siguió cosiendo. El señor Higginbotham volvió a su diario.

—¿Te ha pagado ya la última semana? —espetó por encima del periódico.

Ella asintió con la cabeza.

—Todavía le queda algún dinero —agregó.

—Y ¿cuándo piensa embarcarse?


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