Martin Eden

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—Cuando se le acabe, imagino —respondió ella—. Ayer fue a San Francisco para buscar trabajo. Pero aún no lo necesita, y no le gusta enrolarse en cualquier barco.

—¡Como si alguien que friega cubiertas pudiera darse esos aires! ¡Venir con esas exigencias! ¡Él!

—Dijo algo sobre una goleta que se está preparando para ir en busca de un lejano tesoro, que se enrolaría en ella si le duraba el dinero.

—Si quisiera sentar la cabeza, le ofrecería un trabajo. Podría llevar el carro —exclamó sin el menor asomo de benevolencia en la voz—. Tom nos deja.

Su mujer le miró con gesto alarmado e interrogante.

—Se marcha hoy. Trabajará para Carruthers. No puedo permitirme pagarle tanto como ellos.

—Te dije que se iría —protestó ella—. Le pagabas demasiado poco.

—A ver si te enteras de una vez, mujer —gritó Higginbotham con aire amenazador—; te he dicho mil veces que no metas las narices en mi negocio. No pienso repetírtelo.

—Me da igual —gimoteó ella—. Tom era un buen muchacho.

Su marido le lanzó una mirada iracunda. Aquello era un verdadero desafío.


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