Martin Eden
Martin Eden —Si ese hermano tuyo no fuera un inútil, podrÃa llevar el carro —gruñó.
—En cualquier caso, paga siempre su manutención —replicó Gertrude—. Además es mi hermano, y, mientras no te deba dinero, no tienes derecho a meterte con él. TodavÃa me queda algún sentimiento, aunque lleve siete años casada contigo.
—¿Le has dicho que le cobrarás el gas si sigue leyendo en la cama? —preguntó él.
La señora Higginbotham no contestó. Su ansia de rebelión se desvaneció, su espÃritu regresó maltrecho a un cuerpo agotado. Su marido se sintió victorioso. La tenÃa en su poder. Sus ojos parpadearon vengativos, mientras sus oÃdos se deleitaban con los sollozos de ella. Le procuraba un enorme placer humillarla, y era fácil hacerlo en aquellos dÃas, aunque no hubiera sido asà en los primeros años de su matrimonio, antes de que los hijos y las quejas continuas del marido hubieran minado su energÃa.
—Bueno, mañana se lo dirás —añadió—. Y, antes de que se me olvide, será mejor que llames a Marian para que cuide de los niños. Como Tom se marcha, tendrás que atender a los clientes mientras yo llevo los pedidos.
—Pero mañana es dÃa de colada —protestó su mujer, débilmente.