Martin Eden
Martin Eden Martin sonrió burlonamente mientras se ponÃa en pie.
—¡Uf! —murmuró—. Los de la Transcontinental son unos pusilánimes, pero vosotros, muchachos, parecéis boxeadores profesionales.
Sus palabras fueron recibidas con nuevas carcajadas.
—He de decir, señor Eden —exclamó el director de The Hornet—, que, para ser poeta, se defiende usted muy bien. Si no le importa que se lo pregunte, ¿dónde aprendió ese derechazo?
—Donde usted aprendió esa llave Nelson —replicó Martin—. De todos modos, va a tener un ojo morado.
—Espero que el cuello no se le quede agarrotado —le deseó amablemente el director—. ¿Qué les parece si vamos todos a brindar por ello? No por el cuello, claro está, sino por nuestra pequeña trifulca…
—Si corre a mi cuenta, ¡de acuerdo! —dijo Martin.
Y los ladrones y su vÃctima bebieron juntos, y acordaron amistosamente que habÃa ganado el más fuerte, y que los quince dólares de «El hada y la perla» pertenecÃan por derecho a los empleados de The Hornet.