Martin Eden

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Ante el asombro de su casera (y es algo que no dejó de contar hasta el día de su muerte), Martin cogió una plancha caliente y colocó una delicada blusa femenina sobre la tabla de planchar. Era la blusa de los domingos de Kate Flanagan, y Maria no conocía a ninguna mujer más exigente y puntillosa con su ropa. Además, la señorita Flanagan le había dado instrucciones de que estuviera lista aquella tarde. Como todo el mundo sabía, estaba saliendo con John Collins, el herrero, y, como Maria sabía en privado, la señorita Flanagan y el señor Collins pensaban ir al día siguiente al parque del Golden Gate. Maria intentó en vano rescatar la prenda. Martin guió sus pasos vacilantes hasta una silla, desde la que observó a su inquilino con los ojos desorbitados. Y en la cuarta parte del tiempo que hubiera necesitado Maria, la blusa estuvo tan impecable como si la hubiera planchado ella, como le obligó a reconocer Martin.

—Podría trabajar más deprisa —le explicó—, si tuviera las planchas más calientes.

Maria nunca se habría atrevido a utilizar unas planchas tan calientes.

—No rocía bien la ropa antes de plancharla —le reprochó a continuación—. Le enseñaré a hacerlo. Lo que se necesita es presión. Hay que rociar con presión si se quiere planchar rápido.


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