Martin Eden

Martin Eden

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Pero ¿por qué?, se preguntaba en vano. ¿Qué le había hecho él a Bernard Higginbotham? Era algo tan poco razonable, tan mezquino. No tenía ninguna explicación. En el transcurso de la semana, recibió una docena de cartas similares firmadas por los directores de varias revistas del este. Todos se comportaban de un modo admirable, decidió Martin. Era un desconocido para ellos y, sin embargo, algunos le mostraban su simpatía. Era evidente que odiaban los anónimos. Comprendió que aquel malvado intento de perjudicarle había fracasado. De hecho, incluso podría resultar beneficioso para él, pues al menos su nombre les sonaría a algunos directores. Quizá cuando leyeran algún escrito suyo recordasen que era el joven sobre el que habían recibido un anónimo. Y ¿quién podía asegurar que aquello no inclinaría un poco la balanza a su favor?

Por aquel entonces Martin perdió muchos puntos en la estima de Maria. La encontró en la cocina una mañana gimiendo de dolor, con lágrimas de debilidad resbalando por sus mejillas, mientras trataba inútilmente de planchar un montón de ropa. Él en seguida le diagnosticó una gripe, le calentó un poco de whisky (restos de las botellas que había comprado Brissenden) y le pidió que se acostara. Pero Maria se negó a hacerlo. Tenía que acabar de planchar y debía entregar la ropa aquella misma noche, o al día siguiente no habría comida para los siete pequeños y hambrientos Silva.


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