Martin Eden
Martin Eden Pero, a pesar de aquella intervención magistral y de las mejoras que introdujo en su lavandería casera, la admiración que Maria sentía por Martin disminuyó considerablemente. El halo de romanticismo que siempre había rodeado su figura se desvaneció ante el hecho tan prosaico de que hubiera trabajado en una lavandería. Ni sus libros, ni los amigos elegantes que le visitaban en carruaje o llenos de botellas de whisky sirvieron de nada. Después de todo, no era más que un trabajador, un miembro de su propia clase y de su propia casta. Martin era más humano y accesible, pero había dejado de ser un misterio.
El alejamiento de Martin de su familia continuó. Después del ataque injustificado del señor Higginbotham, el señor Hermann von Schmidt empezó a sacar los pies del tiesto. La venta providencial de varios cuentos cortos, algunos versos satíricos y unos cuantos chistes proporcionó a Martin una breve temporada de prosperidad. No sólo pagó una parte de sus deudas, sino que le sobró dinero para desempeñar su traje negro y su bicicleta. Ésta tenía torcida la caja del pedalier y, en prueba de amistad, la envió al taller de Von Schmidt, su futuro cuñado, para que la repararan.