Martin Eden
Martin Eden Le alegró ver que aquella misma tarde un niño se la traÃa de vuelta. Von Schmidt también deseaba mostrarle su afecto, pensó Martin al ver aquel favor tan fuera de lo común. Lo corriente era recoger personalmente la bicicleta averiada. Pero, cuando examinó la caja del pedalier, se dio cuenta de que no la habÃan reparado. Poco después llamó al prometido de su hermana y se enteró de que ese sujeto no querÃa tener nada que ver con él.
—Hermann von Schmidt —repuso Martin alegremente—, me encantarÃa darte un puñetazo en esa nariz holandesa[28]…
—Como te acerques a mi taller —contestó Hermann—, llamaré a la policÃa. Y tendrás que vértelas conmigo. Te conozco bien, no te dejaré armar lÃo. No quiero tener nada que ver con tipos de tu calaña. No eres más que un holgazán… no creas que me chupo el dedo. No dejaré que te aproveches de mà sólo porque vaya a casarme con tu hermana. ¿Por qué no buscas un empleo y te ganas la vida honradamente? ¡Respóndeme a eso!
El espÃritu filosófico de Martin se impuso de nuevo, aplacando su ira, y colgó el auricular con un largo silbido de divertida incredulidad. Pero, tras la diversión, llegó la reacción, y se sintió abrumado por el peso de su soledad. Nadie le comprendÃa, nadie parecÃa apoyarle excepto Brissenden, y éste habÃa desaparecido; a saber dónde estarÃa.