Martin Eden
Martin Eden —No soy egoÃsta —Brissenden sonrió como sonreÃa cuando le divertÃan las palabras que sus labios delgados iban a pronunciar—. Soy tan poco egoÃsta como un cerdo famélico.
Martin intentó en vano que cambiara de opinión. Le dijo que su odio a las revistas era exacerbado, fanático, y que su conducta era mil veces más despreciable que la del joven que quemó el templo de Diana en Éfeso. Bajo una tormenta de acusaciones, Brissenden continuó bebiendo su ponche con aire de suficiencia, afirmando que todo lo que decÃa su amigo era cierto, menos lo referente a los editores. El odio que le inspiraban no conocÃa lÃmites, y sus crÃticas superaron a las de Martin cuando empezó a hablar de ellos.
—Me gustarÃa que lo pasaras a máquina para mà —exclamó—. Sabes hacerlo muchÃsimo mejor que un mecanógrafo. Y ahora quisiera darte un consejo —sacó un abultado escrito del bolsillo exterior de su abrigo—: aquà tienes «La vergüenza del sol». Lo he leÃdo no una vez, sino dos o tres… el mayor cumplido que puedo hacerte. Después de lo que has dicho sobre «Las cosas efÃmeras», será mejor que guarde silencio. Pero te diré una cosa: cuando se publique «La vergüenza del sol», será un éxito. Iniciará una polémica que valdrá miles de dólares para ti sólo en publicidad.
Martin se rió.