Martin Eden
Martin Eden Miró a Ruth como si fuera su tabla de salvación, del mismo modo que un pasajero súbitamente aterrorizado por un posible naufragio busca los chalecos salvavidas. Bueno, de todo aquello habían salido Ruth y el amor. Lo demás no había resistido su confrontación con los libros. Pero Ruth y el amor habían superado la prueba; encontraba para ambos una explicación biológica. El amor era la expresión más elevada de la vida. La naturaleza se había preocupado de crearle, no sólo a él sino a todos los hombres normales, para el amor. Había dedicado diez mil siglos —sí, incluso cien mil, un millón de siglos— a esa tarea, y era su mejor hallazgo. Había conseguido que el amor fuera lo más fuerte que había en él, acrecentando considerablemente su poder con el don de la imaginación, y le empujaba hacia las cosas efímeras para que vibrara de emoción y se fundiera con su pareja. Su mano buscó la de Ruth por debajo de la mesa, y los dos se dieron un cálido apretón. Ella le miró fugazmente, y su expresión era radiante y tierna; al igual que la de Martin, que no podía disimular su emoción. Y él no advirtió que cuanto brillaba en los ojos de ella era un reflejo de lo que Ruth veía en él.