Martin Eden

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Pero el señor Morse no estaba satisfecho. No le gustaba que su futuro yerno fuera un haragán y se mostrara tan reacio a desempeñar un trabajo legítimo y serio, y ni respetaba sus ideas ni comprendía su carácter. Así que llevó la conversación hacia Herbert Spencer. El juez Blount le secundó encantado, y Martin, que había aguzado el oído ante la mención del filósofo, escuchó al juez pronunciar una grave y complaciente diatriba contra Spencer. De vez en cuando, el señor Morse dirigía una mirada a Martin, como diciendo: «Para que veas, muchacho».

«¡No es más que parloteo!», pensó Martin, y siguió hablando con Ruth y con Arthur.

Pero el largo día y la «escoria» de la sociedad de la noche anterior estaban ejerciendo su influencia sobre él; y, además, aún parecían quemarle las palabras que había leído en el tranvía.

—¿Qué sucede? —preguntó Ruth, asustada por el esfuerzo que hacía Martin para dominarse.

—No hay más Dios que lo Incognoscible, y Herbert Spencer es su profeta —estaba diciendo el juez Blount en ese momento.

Martin se volvió hacia él.


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