Martin Eden
Martin Eden —Una frase muy trillada —señaló tranquilamente—. La escuché por primera vez en el parque del ayuntamiento, en labios de un obrero que no sabÃa de qué hablaba. La he oÃdo a menudo desde entonces, y su simpleza me da náuseas. DeberÃa avergonzarse de sà mismo, juez Blount. OÃr el nombre de ese gran hombre en sus labios es como encontrar una gota de rocÃo en un pozo negro. Me asquean sus palabras.
Pareció haber caÃdo un rayo. El juez Blount miró a Martin con expresión furibunda y reinó el silencio. El señor Morse estaba encantado en su fuero interno. PodÃa ver a su hija escandalizada. Ése era su objetivo: poner de manifiesto la vileza innata de aquel hombre que no le gustaba.
La mano de Ruth buscó suplicante la de Martin bajo la mesa, pero a éste le bullÃa la sangre. Le enfurecÃan las pretensiones intelectuales y la falta de sinceridad de aquellos que ocupaban puestos importantes. ¡Un miembro del Tribunal Superior de Justicia! Tan sólo unos años antes habÃa contemplado aquellas gloriosas figuras desde el fango y las habÃa considerado dioses.
El juez Blount recobró la serenidad e intentó proseguir, dirigiéndose a Martin con una cortesÃa fingida que, como el joven comprendió, dedicaba a las damas. Incluso eso aumentó su ira. ¿Acaso no habÃa sinceridad en el mundo?