Martin Eden
Martin Eden —Me da igual que fuera verdad o no —insistió ella—. Hay ciertos lÃmites que deben respetarse por educación, y no tenÃas derecho a insultar a nadie.
—Y ¿qué derecho tenÃa el juez Blount a faltar a la verdad? —inquirió Martin—. Estoy seguro de que faltar a la verdad es un delito peor que insultar a alguien tan insignificante como el juez. Él hizo algo mucho más grave. Mancilló el nombre de un gran pensador que está muerto. ¡Los muy brutos!
Volvió a arder de indignación, y Ruth tuvo miedo de él. Jamás le habÃa visto tan enfurecido, y todo le parecÃa incomprensible y disparatado. Y, sin embargo, en medio de su terror palpitaba la fascinación que él habÃa ejercido y seguÃa ejerciendo sobre ella… y que la habÃa empujado a inclinarse sobre él y, en un arrebato de locura, colocar las manos en su cuello. Ruth se sentÃa dolida y humillada por lo que habÃa ocurrido, y, sin embargo, se hallaba entre sus brazos, toda temblorosa, mientras él seguÃa murmurando: «Pero ¡qué ignorantes! ¡Qué ignorantes!». Y no se habÃa movido cuando él dijo: