Martin Eden

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Capítulo IV

Martin Eden, todavía alterado por el encuentro con su cuñado, avanzó a tientas por la oscuridad y entró en su dormitorio, un cuchitril donde sólo cabía una cama, un lavabo y una silla. El señor Higginbotham era demasiado ahorrativo para tener un criado cuando su mujer podía hacer el trabajo. Además, el cuarto del servicio le permitía tener dos huéspedes en vez de uno. Martin dejó los libros de Swinburne y de Browning en la silla, se quitó el abrigo y se sentó en la cama. Los muelles chirriaron ruidosamente al sentir el peso de su cuerpo, pero él no se dio cuenta. Empezó a quitarse los zapatos, pero se quedó mirando la pared enlucida, donde la lluvia que se filtraba a través del tejado había dejado sus sucias huellas. Sobre aquel fondo tan deteriorado vio aparecer unas imágenes brillantes. Olvidó sus zapatos y clavó la vista en ellas, un buen rato, hasta que sus labios empezaron a moverse y murmuró: «Ruth».







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