Martin Eden
Martin Eden Norman hizo un gesto de impaciencia, pero Martin le detuvo con una mirada.
Ella movió la cabeza.
—¿Lo has decidido libremente? —preguntó él.
—Asà es —replicó ella en voz baja, con firmeza y determinación—. Lo he decidido libremente. Me has desacreditado de tal modo que me da vergüenza encontrarme con mis amigos. Soy la comidilla de todos, lo sé. Es lo único que puedo decirte. Me has hecho muy desgraciada y no quiero volver a verte nunca.
—¡Amigos! ¡Chismorreos! ¡Noticias falsas! ¡Esas cosas no pueden ser más fuertes que el amor! Prefiero pensar que nunca me has amado.
El rubor ahuyentó la palidez del rostro de la joven.
—¿Después de lo ocurrido? —dijo ella débilmente—. Martin, no sabes lo que dices. No soy una cualquiera.
—Ya ves que no quiere saber nada de ti —exclamó Norman, y los dos hermanos reanudaron la marcha.
Martin se apartó y los dejó pasar, buscando inconscientemente en el bolsillo de su chaqueta el tabaco y el papel de fumar que no tenÃa.