Martin Eden

Martin Eden

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Martin se dirigió al centro de la ciudad en tranvía y, mientras veía pasar los edificios y los cruces de las calles, lamentó no sentirse más dichoso por el éxito de su amigo y de su misión. El mejor crítico de Estados Unidos había elogiado el poema, y su teoría de que los escritos de calidad podían encontrar un hueco en las revistas había demostrado ser cierta. Pero su entusiasmo parecía haberse enfriado, y descubrió que estaba más deseoso de ver a su amigo que de comunicarle la buena noticia. La aceptación de The Parthenon le había recordado que, en los cinco días dedicados a «La demora», no había sabido nada de Brissenden ni se había acordado de él. Se dio cuenta por primera vez de que había estado completamente absorto en su trabajo, y sintió vergüenza por haberse olvidado de su amigo. Pero su vergüenza tampoco era demasiado intensa. Tenía todos los sentimientos aletargados salvo los artísticos vinculados a la composición de «La demora». En las demás cuestiones, había estado sumido en una especie de trance. En realidad, seguía en él. Toda la vida que bullía alrededor de los chirridos del tranvía parecía remota e irreal, y no le habría interesado ni sorprendido demasiado si el gran campanario de piedra de la iglesia se hubiera derrumbado súbitamente sobre su cabeza.

Cuando llegó al hotel, subió corriendo a la habitación de Brissenden y bajó de nuevo. Su cuarto estaba vacío. No había ningún equipaje.


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