Martin Eden
Martin Eden No fue consciente del tiempo que estuvo así, hasta que, de pronto, sus ojos sin vida vislumbraron una larga línea blanca en el horizonte. Era muy extraña. Pero, mientras la observaba, se hizo más nítida y vio que era un arrecife de coral entre el blanco oleaje del Pacífico. Luego, en la línea de los rompientes, distinguió una pequeña canoa, una canoa con balancines. En la popa, un joven dios de piel bronceada con un faldellín escarlata hundía su remo centelleante en el agua. Lo reconoció. Era Moti, el hijo menor de Tati, el jefe de la tribu, y aquello era Tahití; y, más allá del espumeante arrecife, se extendía la dulce tierra de Papara y la cabaña del jefe junto a la desembocadura del río. Empezaba a anochecer, y Moti regresaba a casa con su pesca. Aguardaba la llegada de una gran ola que le ayudara a cruzar el arrecife. Después se vio a sí mismo sentado en la proa de la canoa, como tantas veces en otro tiempo, esperando la orden de Moti para remar con ímpetu cuando la gigantesca pared azul turquesa se levantara tras ellos. Entonces dejó de ser un observador y se encontró en la canoa; Moti gritaba y los dos hundían los remos vigorosamente en el agua, deslizándose a gran velocidad por la cresta de la ola. Y, después de atravesar el arrecife entre la espuma y el estruendo de las olas, la canoa volvió a flotar en las tranquilas aguas de la laguna.