Martin Eden
Martin Eden La bajeza y vulgaridad de todo aquello eran nauseabundas, y Martin advirtió con indiferencia que no estaba demasiado asqueado. Le habrÃa gustado enfadarse, pero le faltaban energÃas para hacerlo. TenÃa embotados los sentidos. Su sangre parecÃa estar demasiado coagulada para que pudiera fluir la marea de su indignación. Después de todo, ¿qué más daba? Era un ejemplo más de todo lo que Brissenden habÃa condenado en la sociedad burguesa.
—Pobre Briss —exclamó Martin—, jamás me lo habrÃa perdonado.
Levantándose con esfuerzo, cogió la caja donde antes guardaba el papel de la máquina. Rebuscando en su interior, sacó once poemas que habÃa escrito su amigo. Los rompió en pedazos y los arrojó a la papelera. Lo hizo lánguidamente, y después se sentó en el borde de la cama con la mirada perdida.