Martin Eden

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—Ya se le pasará, necesita un poco de tiempo —afirmó ella, preguntándose cuál sería el problema de su hermano—. Pero será mejor que busques un empleo y sientes la cabeza. A Bernard le gusta que los hombres tengan un trabajo honrado. Aquello que salió en los periódicos le sacó de sus casillas. Jamás le había visto tan furioso.

—No voy a buscar un empleo —exclamó Martin sonriendo—. Y puedes decírselo de mi parte. No necesito un trabajo, y aquí está la prueba.

Las cien monedas de oro, como un arroyo centelleante y cantarín, cayeron en el regazo de Gertrude.

—¿Te acuerdas de los cinco dólares que me diste una tarde en que yo no tenía ni para el tranvía? Bueno, pues ahí están, con noventa y nueve hermanos de diferentes edades pero del mismo tamaño.

Si Gertrude estaba asustada al llegar, ahora sufría un ataque de pánico. Su miedo era tal que se asemejaba a una certeza. No sospechaba. Estaba segura. Miró a Martin horrorizada, y separó sus gruesas piernas como si aquella cascada dorada le abrasara.

—Es todo tuyo —dijo Martin riendo.

Gertrude rompió a llorar y empezó a gemir:

—¡Mi pobre muchacho, mi pobre muchacho!


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