Martin Eden

Martin Eden

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Y, con estos razonamientos, Martin ponía en duda la validez de su popularidad. Eran los burgueses quienes compraban sus libros y llenaban sus bolsillos, y, por lo poco que sabía de ellos, no entendía cómo podían apreciar o comprender lo que escribía. Su belleza y su vigor intrínsecos no significaban nada para los cientos de miles que le aclamaban y compraban sus libros. Era una moda pasajera, el aventurero que había invadido el Parnaso con el consentimiento de los dioses. Aquellas multitudes le leían y aclamaban con la misma torpe incomprensión con que se habían arrojado sobre «Las cosas efímeras» de Brissenden para destrozarlo… una jauría de lobos que le adulaba en vez de clavarle los colmillos. Que sucediera lo primero o lo segundo era cuestión de suerte. Pero de algo estaba seguro: «Las cosas efímeras» era infinitamente mejor que cualquiera de sus obras. Era infinitamente mejor que todo lo que había en su interior. Era el poema de los siglos. Por ese motivo, el tributo que la muchedumbre le rendía era muy triste, pues esa misma muchedumbre había arrojado «Las cosas efímeras» al lodo. Suspiró profundamente y con satisfacción. Se alegró de vender el último manuscrito y de poder despedirse para siempre de todo aquello.




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