Martin Eden
Martin Eden Tenía muchas invitaciones y aceptaba algunas. La gente quería conocerle para invitarle a cenar. Y él seguía dando vueltas en su cerebro a aquella insignificancia que se estaba convirtiendo en algo importante. Bernard Higginbotham le invitó a cenar. Aquello aumentó su desconcierto. Recordaba los días en que se moría de hambre y nadie le invitaba. Era entonces cuando necesitaba cenas, y se sentía desfallecer y adelgazaba por falta de alimentos. Ésa era la paradoja. Cuando pasaba penurias, nadie se acordaba de él, y ahora que podía pagarse todas las cenas que quería y que apenas tenía apetito, le llovían las invitaciones. Pero ¿por qué? No era justo, él no había hecho nada. Seguía siendo el mismo. Y en aquella época ya tenía todo escrito. El señor y la señora Morse le habían tachado de vago y le habían apremiado a través de Ruth para que se colocara en una oficina. Para más inri, conocían sus obras. Ruth se las había enseñado, una tras otra. Ellos las habían leído. Eran las mismas obras que habían llevado su nombre a las páginas de los periódicos, y era su nombre en ellos lo que les empujaba a invitarle.