Martin Eden
Martin Eden Y la insignificancia iba aumentando de tamaño. Martin estaba sano, comía con regularidad, dormía muchas horas, y, sin embargo, aquella insignificancia empezaba a obsesionarle. Todo estaba escrito. Esa frase le atormentaba. Un domingo en que tomaba una copiosa cena frente a Bernard Higginbotham, encima del Almacén al Contado Higginbotham, tuvo que contenerse para no gritar: «¡Todo estaba escrito! Y ahora me alimentas cuando antes me dejabas pasar hambre, me prohibías entrar en tu casa y me maldecías porque no buscaba trabajo. Y ya lo había escrito todo, todo. Y ahora, cuando hablo, retienes en tus labios el pensamiento que ibas a pronunciar y escuchas respetuosamente mis palabras. Si digo que tu partido está podrido y lleno de estafadores, en vez de indignarte, vacilas y admites que hay una gran verdad en mis afirmaciones. Y ¿por qué? Porque soy famoso; porque tengo mucho dinero. No porque sea Martin Eden, un buen muchacho que no es demasiado tonto. Podría decir que la luna está hecha de queso verde y tú asentirías, o al menos no lo negarías, porque tengo dólares, un montón de dólares. Y todo estaba escrito hace mucho tiempo; todo estaba escrito, créeme, cuando me escupías como al fango que pisas».