Martin Eden

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Y Martin comprendía demasiado bien la situación mientras se apoyaba en el respaldo de la silla y miraba de soslayo la cabeza de Von Schmidt. «¡Estúpido holandés!», pensaba, pegándole un puñetazo tras otro en su imaginación… Con todo, había algo que le gustaba de ese cuñado. Aunque era pobre y ambicioso, había contratado a una criada para que hiciera los trabajos más pesados de la casa. Martin conversó con el superintendente de las agencias Asa y, después de cenar, se lo llevó aparte con Hermann, al que ofreció financiación para abrir la mejor tienda de bicicletas y repuestos de Oakland. Incluso fue más lejos, y le dijo a Hermann en privado que buscase algún taller de coches o garaje, pues no veía ningún motivo para que no llevara ambos negocios con éxito.

Al despedirse, Marian abrazó a su hermano con lágrimas en los ojos y le dijo cuánto le quería y le había querido siempre. Es cierto que, en medio de sus frases de cariño, se produjo una pausa perceptible —que ella disimuló con besos, lágrimas e incoherentes balbuceos—, pero Martin dedujo que era su forma de pedirle perdón por su falta de confianza en él y su insistencia en que encontrara un empleo.




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