Martin Eden
Martin Eden —No le ocurre nada, señor Eden —dijo el médico—, absolutamente nada. Está usted en perfecto estado. Sinceramente, envidio su salud. Es magnÃfica. Mire su pecho. En él y en su estómago reside el secreto de su extraordinaria constitución. FÃsicamente, es usted un hombre entre mil… entre diez mil. Si Dios quiere, llegará usted a los cien años.
Y Martin supo que el diagnóstico de Lizzie era acertado. FÃsicamente estaba bien. Era su «máquina pensante» la que se habÃa estropeado, y la única cura era escapar a los Mares del Sur. El caso era que en aquellos momentos, a punto de iniciar el viaje, no sentÃa el menor deseo de marcharse. Los Mares del Sur le cautivaban tan poco como la civilización burguesa. La idea de partir le resultaba indiferente, y el acto de partir una penosa carga. Se habrÃa sentido mejor si ya hubiera estado lejos, a bordo del Mariposa.