Martin Eden
Martin Eden —No olvides, Joe, que tienes que dirigir esa lavanderÃa según las viejas reglas que proclamabas en Shelly Hot Springs —dijo—. Nada de trabajar en exceso. Nada de trabajar de noche. Nada de niños en la calandria. Nada de niños en ninguna parte. Y un salario justo.
Joe asintió y sacó un cuaderno.
—Mira. He estado escribiendo esas normas antes del desayuno. ¿Qué te parecen?
Las leyó en voz alta, y Martin mostró su conformidad, deseando al mismo tiempo que le dejara solo.
Se despertó a última hora de la tarde. Poco a poco, recobró el sentido de la realidad. Recorrió la habitación con la mirada. Joe se habÃa marchado sigilosamente mientras dormÃa. Muy considerado por su parte, pensó. Entonces cerró los ojos y se durmió de nuevo.
En los dÃas que siguieron, Joe estuvo demasiado ajetreado con la lavanderÃa para molestarle; hasta la vÃspera de su marcha los periódicos no publicaron su intención de viajar en el Mariposa. En una ocasión en que su instinto de supervivencia pareció despertar, se sometió a un exhaustivo reconocimiento médico. No le pasaba nada. Su corazón y sus pulmones estaban estupendamente. Todos los órganos, según parecÃa, eran normales y funcionaban con normalidad.