Martin Eden
Martin Eden Bajó las escaleras y salió a la calle, respirando grandes bocanadas de aire. Había creído ahogarse en aquel ambiente y la conversación del aprendiz le había sacado de quicio. En más de una ocasión, había estado a punto de coger la cara de Jim y limpiar el plato de gachas con ella. Cuanto más hablaba, más lejana le parecía Ruth. ¿Cómo podría hacerse digno de ella rodeado de tipos así? Estaba consternado, no sabía cómo enfrentarse a aquel problema que la pesadilla de pertenecer a la clase trabajadora agudizaba. Todo parecía retenerle donde estaba: su hermana, la casa y la familia de su hermana, Jim el aprendiz, toda la gente que conocía, todas las ataduras de su vida. Su existencia tenía un sabor amargo para él. Hasta entonces le había parecido algo bueno. Nunca la había puesto en duda, excepto cuando leía libros; pero sólo se trataba de libros, cuentos de un mundo más hermoso que no podía existir. Pero ahora había vislumbrado ese mundo, posible y real, con una mujer llamada Ruth —semejante a una flor— en su centro; y, en el futuro, conocería amargos sinsabores, y deseos tan punzantes como el dolor, y la desesperación le atormentaría porque se alimentaba de esperanza.