Martin Eden

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Había dudado entre la biblioteca pública de Berkeley y la de Oakland, y decidió ir a esta última porque era allí donde vivía Ruth. Nunca se sabía. Una biblioteca era un buen lugar para ella, y tal vez la encontrase. No conocía el funcionamiento de las bibliotecas, y estuvo deambulando entre hileras interminables de novelas hasta que una joven de facciones delicadas y aspecto francés, que parecía la encargada, le dijo que la sección de libros de consulta estaba en el piso de arriba. No supo qué preguntar al hombre que había en el escritorio, y empezó su aventura en el rincón de la filosofía. Sabía que existían libros sobre esta disciplina, pero nunca pensó que se hubieran escrito tantos. Las altas estanterías, repletas de pesados volúmenes, le intimidaban al tiempo que le servían de estímulo. Allí había materia para fortalecer su cerebro. Encontró libros de trigonometría en la sección de matemáticas, hojeó sus páginas y miró sus incomprensibles fórmulas y cifras. Sabía leer en inglés, pero aquello le pareció una lengua extranjera. Norman y Arthur la conocían. Había oído cómo la hablaban. Y eran los hermanos de Ruth. Se alejó de aquel rincón, consternado. Todos los libros parecían caer sobre él y aplastarlo. Jamás había imaginado que el saber humano ocupara tanto espacio. Estaba asustado. ¿Cómo podría su cerebro llegar a dominar todo aquello? Luego recordó que otros hombres, muchos hombres, lo habían logrado; y juró en voz baja, exaltadamente, que él también lo conseguiría.


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