Martin Eden
Martin Eden Una noche fue al teatro por si se la encontraba, y la divisó desde el paraíso. Vio cómo avanzaba por el pasillo con Arthur y un joven desconocido con gafas y abundante pelo crespo, que despertó inmediatamente su temor y sus celos. Vio cómo se sentaba en un palco de platea, y muy poco más… un par de hombros delgados de gran blancura y una profusión de cabellos dorados, muy poco nítidos por la distancia. Pero podía ver a otras personas y, echando un vistazo a su alrededor, descubrió a dos jovencitas que se volvían para mirarle desde la fila delantera, una docena de asientos más allá, y le sonreían con descaro. Siempre había sido muy sociable. No le gustaba desairar a nadie. En el pasado les hubiera devuelto la sonrisa, y les hubiese animado a seguir tonteando. Pero ahora era diferente. Les devolvió la sonrisa, y luego desvió adrede la mirada. Pero varias veces, olvidando la existencia de las muchachas, sus ojos se tropezaron con ellas. No podía cambiar en un día, ni olvidar la amabilidad inherente a su naturaleza; así que, en esos momentos, sonreía a las jóvenes con simpatía. No era nada nuevo para él. Sabía que le estaban tendiendo sus manos femeninas. Pero ahora era distinto. Allí abajo, en un palco de platea estaba la única mujer del mundo, tan diferente, tan increíblemente diferente de aquellas dos muchachas de su clase, que éstas sólo podían inspirarle lástima. Deseaba de corazón que poseyeran un poco de su bondad y de su gloria. Y por nada del mundo quería herir sus sentimientos porque se tomaran demasiadas confianzas. No le halagaba; incluso sentía cierta vergüenza de sí mismo por permitirlo. Sabía que, de haber pertenecido a la clase de Ruth, aquellas jóvenes no se le habrían acercado; y, cada vez que ellas le lanzaban una mirada, sentía cómo le aferraban las garras de su propia clase.