Martin Eden

Martin Eden

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Y mientras hablaba de estupideces con ellas, recordó las estanterías de libros de la biblioteca, repletas de la sabiduría de muchos siglos. Sonrió amargamente ante aquella incongruencia, y le asaltaron las dudas. Pero, entre los pensamientos y las bromas, encontró tiempo para mirar a la gente que salía del teatro. Y de pronto vio a Ruth, a la luz de las farolas, entre su hermano y el extraño joven de las gafas, y su corazón pareció detenerse. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Tuvo tiempo de vislumbrar el fino y sedoso tocado que ocultaba su cabeza de reina, las líneas delicadas de su figura, la elegancia de su porte y de la mano que recogía el vuelo de su falda; y luego desapareció y Martin se quedó mirando a las dos muchachas de la fábrica de conservas, sus burdos intentos de ir bien vestidas, sus trágicos esfuerzos para estar limpias y arregladas, los tejidos baratos, las cintas baratas y los anillos baratos de sus dedos. Notó que le tiraban del brazo y que alguien decía:

—¡Despierta, Bill! ¿Te pasa algo?

—¿Qué estabas diciendo? —preguntó él.

—¡Oh, nada! —respondió la muchacha morena, echando la cabeza hacia atrás—. Sólo estaba comentando…

—¿Qué?


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