Martin Eden
Martin Eden La poesÃa, sin embargo, le procuraba un gran placer, y leÃa mucho, disfrutando especialmente con los poetas más sencillos, que resultaban más comprensibles. Amaba la belleza, y allà la encontraba. La poesÃa, al igual que la música, le emocionaba profundamente y, aunque él no fuera consciente, preparaba su imaginación para el trabajo, mucho más duro, que le aguardaba. Las páginas de su cerebro estaban en blanco y, sin esfuerzo, gran parte de lo que leÃa y amaba —estrofa tras estrofa— quedaba grabado en ellas; y no tardó en sentir una gran alegrÃa al recitar o susurrar las palabras que habÃa leÃdo, saboreando su belleza y su música. Después descubrió Los mitos clásicos de Gayley y La edad de la fábula de Bulfinch[2], uno al lado del otro en un estante de la biblioteca. Fue una iluminación, una luz resplandeciente en la oscuridad de su ignorancia, y siguió leyendo poesÃa con más avidez que nunca.
Como veÃa a Martin tan a menudo, el bibliotecario se mostraba muy amable con él, y le recibÃa siempre esbozando una sonrisa e inclinando la cabeza; de ahà que el joven decidiera cometer una temeridad. Dejando los libros en su mesa para que los sellara, le dijo con cierta brusquedad:
—Oiga, quiero hacerle una pregunta.
El hombre sonrió y se dispuso a escucharle.