El terror en la literatura
El terror en la literatura La tradición romántica, semigótica y cuasi moral aquí representada se propagó hasta finales del siglo XIX de la mano de autores tales como Joseph Sheridan Lefanu, Thomas Preskett Prest, con su famosa Varney el vampiro (1847), Wilkie Collins, y el difunto sir H. Rider Haggard (cuya obra Ella es destacablemente buena), sir A. Conan Doyle, H. G. Wells y Robert Louis Stevenson; el último de los cuales, a pesar de su atroz tendencia a los alegres manierismos, creó clásicos permanentes con Markheim, El ladrón de cadáveres y Doctor Jekyll y mister Hyde. De hecho, podríamos decir que esta escuela aún sobrevive, puesto que claramente pertenecen a la misma nuestras historias de terror contemporáneas que se especializan en los sucesos más que en los detalles atmosféricos, se dirigen más al intelecto que a la imaginación impresionista, cultivan más un rutilante glamour que una tensión malévola o la verosimilitud psicológica y toman partido visiblemente a favor de la humanidad y su bienestar. Tiene su fuerza innegable, y a causa de su «elemento humano» apela a un público más amplio que la verdadera pesadilla artística. Si bien no es tan potente como la anterior, es porque un producto diluido nunca puede alcanzar la intensidad de la esencia concentrada.