En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Y, sin embargo, ahora el dominio de ‘la razón parecía irrefutablemente vencido, pues aquel ciclópeo laberinto de bloques cuadrados, corvos y angulosos tenían características que privaban de todo refugio mental. Era, muy claramente, la ciudad blasfema del espejismo trocada en realidad desnuda, objetiva e ineludible. Aquel portento maldito tenía después de todo una base real -algún estrato horizontal de polvo de hielo se había formado en la atmósfera superior y el abominable conjunto superviviente de piedra había proyectado su imagen por encima de las montañas de acuerdo con las sencillas leyes de la reflexión-. Naturalmente, el espejismo había desfigurado y exagerado mostrando cosas ajenas al paisaje real, pero ahora que contemplábamos éste lo encontramos todavía más horrendo y amenazador que su distante imagen.