En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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No es necesario que repita lo que ya ha publicado la prensa acerca de nuestros primeros trabajos: nuestro ascenso al monte Erebus, las perforaciones que llevamos a cabo felizmente en diversos lugares de la isla Ross con el fin de buscar minerales, y la singular velocidad con que las llevó a cabo el aparato de Pabodie, incluso a través de capas de piedra maciza; el ensayo provisional de nuestro reducido equipo de fusión de hielo; la peligrosa ascensión de la gran barrera con trineos y provisiones, y del montaje final de cinco enormes aeroplanos en el campamento situado en lo alto de la barrera. La salud de nuestro grupo de desembarco -veinte hombres y cincuenta y cinco perros de Alaska- era excelente, aunque lo cierto era que aún no habíamos encontrado fríos ni temporales verdaderamente rigurosos. Por lo general, el termómetro oscilaba entre los O grados y los 20 ó 25 Fahrenheit y los inviernos pasados en Nueva Inglaterra ya nos habían acostumbrado a tales inclemencias. El campamento de lo alto de la barrera era semipermanente y estaba destinado a almacenar gasolina, provisiones, dinamita y otros suministros.



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