En las montañas de la locura
En las montañas de la locura No faltarán quienes digan que Danforth y yo demostramos estar completamente locos al no poner pies en polvorosa después de aquello, puesto que nuestras conclusiones eran ya, pese a su demencia, completamente firmes y de una índole que ni siquiera necesito mencionar a quienes hayan seguido mi narración hasta este punto. Es posible que estuviéramos locos, ¿pues no he dicho que aquellas horribles cumbres eran las montañas de la locura? Pero creo que puedo advertir algo que indica el mismo espíritu, aunque de naturaleza menos extrema, en los hombres que acechan a las fieras carniceras de las selvas africanas para fotografiarlas o estudiar sus costumbres. Medio paralizados por el pavor como estábamos, ardía en nosotros, sin embargo, una llama alimentada por el asombro y la curiosidad, y que acabó por triunfar.
Claro está que no teníamos intención de enfrentarnos con lo que, o con los que, sabíamos que habían estado allí, pues pensábamos que ya se habrían ido. Para entonces