En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Cuando pienso en aquel momento, apenas puedo recordar cuáles fueron nuestras emociones, qué cambio de objetivo inmediato fue el que afiló tan agudamente nuestra expectación. No teníamos intención, eso era indudable, de enfrentarnos con lo que temíamos, y sin embargo no negaré que posiblemente albergáramos un oculto deseo inconsciente de espiar ciertas cosas desde algún observatorio estratégico. Es probable que no hubiéramos renunciado todavía al deseo de aquel abismo, aunque ahora se había interpuesto un nuevo objetivo: el espacioso lugar rodeado por un círculo mostrado en los arrugados dibujos que habíamos encontrado. Habíamos reconocido inmediatamente la inmensa torre cilíndrica que aparecía en los bajorrelieves más antiguos, pero que vista des’de lo alto no parecía sino una prodigiosa abertura redonda. Algo relacionado con su impresionante aspecto, induso en aquellos apresurados bocetos, nos hizo pensar que en sus niveles subglaciales todavía podía haber algo de especial importancia. Tal vez encerrase maravillas arquitectónicas no encontradas aún en nuestras exploraciones. La torre era indudablemente de increíble antigüedad, pues, según las escenas esculpidas en que aparecía, había sido una de las primeras construcciones de la ciudad. Sus bajorrelieves, si se conservaban, podrían tener un valor muy singular. Además, tal vez supusiera un conveniente enlace con el mundo superior, un camino más corto que el que con tanto cuidado íbamos marcando, y probablemente el que siguieron los que bajaron con anterioridad.