En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Hacia las 9,30, cuando atravesábamos un largo corredor abovedado, cuyo piso cada vez más helado parecía estar algo por debajo del nivel general del suelo y cuyo techo perdía altura según avanzábamos, comenzamos a percibir ante nosotros una fuerte luz diurna, y pudimos apagar la linterna. Al parecer, nos aproximábamos al amplio espacio circular y no podíamos estar muy lejos del exterior. La galería terminaba en un arco sorprendentemente bajo para ruinas megalíticas de tales dimensiones, pero fue mucho lo que pudimos ver a través de él, induso antes de atravesarlo. Al otro lado del arco se abría un prodigioso espacio redondo, de doscientos pies cumplidos de diámetro, cuyo suelo estaba cubierto de escombros y en el que se veían multitud de arcos cegados que correspondían al que estábamos a punto de cruzar. En donde había lugar para ello, los muros estaban profusamente esculpidos formando un friso en espiral de prodigioso tamaño que mostraba, a pesar de los daños causados por los elementos en aquel lugar abierto, una esplendor artístico muy superior a cuanto habíamos visto hasta entonces. El suelo, atestado de escombros, estaba cubierto por una gruesa capa de hielo, e imaginamos que el verdadero piso estaba a un nivel bastante inferior.