En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Pero la característica más notable del lugar era la titánica rampa de piedra que, esquivando los arcos por medio de un brusco desvío hacia el exterior, se enroscaba subiendo por las espléndidas paredes del cilindro como contrafiguras internas de las que ascendieron en otros tiempos por las inmensas torres piramidales o zigurats de la antigua Babilonia. Solamente la rapidez del vuelo y la perspectiva que hacia confundir la bajada con el muro interior de la torre nos había impedido ver esta rampa desde el aeroplano, induciéndonos a buscar otro camino al nivel subglacial. Pabodie tal vez hubiera podido decirnos qué clase de construcción explicaba su firmeza, pero Danforth y yo solamente pudimos maravillarnos contemplándola. Había poderosas ménsulas y columnas de piedra aquí y allá, pero lo que vimos se nos antojó insuficiente para la función que desempeñaban. Todo ello se encontraba en excelente estado de conservación hasta la parte actualmente superior de la torre, lo que es admirable si se tiene en cuenta lo muy expuesto que estaba a las inclemencias del tiempo, y su cobijo había ayudado en gran medida a proteger las extrañas e inquietantes esculturas cósmicas de las paredes.