En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Comoquiera que no podíamos perder mucho tiempo estudiando aquello, reanudamos la marcha después de una ojeada, pero iluminando frecuentemente las paredes para ver si podía apreciarse algún otro cambio en la decoración. No vimos nada parecido, aunque los bajorrelieves escaseaban en algunas partes como resultado de ‘las muchas bocas de túneles que se abrían para dar paso a galerías laterales de suelo alisado. El número de pingüinos disminuyó, aunque nos pareció percibir vagamente un coro infinitamente lejano de graznidos que llegaban desde las profundidades de la Tierra. El nuevo e inexplicable hedor se había hecho abominablemente penetrante y apenas podíamos notar indicios del otro olor innominado. Algunas nubecillas de vapor, visibles ante nosotros, indicaban los crecientes contrastes de temperaturas y la relativa cercanía de los acantilados sin sol del gran abismo. Y entonces, de súbito, vimos ciertos obstáculos en el pulido suelo delante de nosotros, obstáculos que con toda seguridad no eran pingüinos, y encendimos la segunda linterna para asegurarnos de que aquellos objetos permanecían inmóviles.