En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Habían topado con una caverna. Al poco tiempo de comenzar la perforación la piedra arenisca había sido reemplazada por una yeta de piedra caliza comanchiense, llena de diminutos fósiles de cefalópodos, corales, equinodermos, braquiópodos y, de cuando en cuando, indicios de esponjas silíceas y huesos de vertebrados marinos, procedentes ‘estos últimos con toda probabilidad de teleosteos, tiburones y ganoideos. Esto era ya de por sí suficientemente importante, pues eran los primeros fósiles de vertebrados conseguidos por la expedición; pero cuando poco después el cabezal de la perforadora acabó de taladrar el estrato para llegar a una oquedad, una nueva ola de emoción doblemente intensa se apoderó de los perforadores. Un barreno de buen tamaño había dejado al descubierto el secreto subterráneo; y ahora, allí, a través de un tortuoso agujero de tal vez cinco pies de diámetro por tres de grosor, se abría ante los anhelantes exploradores parte de una oquedad socavada hacia más de cincuenta millones de años por el tenaz discurrir de aguas subterráneas de un desaparecido mundo tropical.